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Ampliando fronteras.

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Hace ya varios meses que escribí una entrada en este blog sobre el poco prometedor futuro de la juventud en España. La situación no sólo ha ido a peor, sino que la Península se ha convertido en un territorio absolutamente desolador en el que intentar hacerse un hueco, independientemente de la experiencia laboral o de los estudios cursados hasta el momento.

Son muchos los que admiran profundamente a aquellos que reúnen el suficiente valor (y dinero) para dejar atrás sus casas, sus familias y amigos y sus ciudades para intentar buscarse un futuro que lo único que puede ofrecer es cambiar el “no” que ya obtuvieron en sus pueblos natales por un “quizás” en diversas metrópolis europeas. Tristemente, se ha llegado a un punto en el que no queda otra. España es hoy la Grecia de hace medio año, y muchos de los jóvenes que ahora emigran al extranjero lo hacen para trabajar en lugares que ni se plantearían aquí por lo que podríamos llamar “retribución lingüística o laboral”.

Pero no todo es así. Algunos elegidos tienen la suerte de encontrar un trabajo relacionado con aquello a lo que dedicó su tiempo, su esfuerzo y su dinero en la patria madre. Algunos dirían que es cuestión de suerte; otros, que es fruto de la persistencia y de la tenacidad. En cualquier caso, la iniciativa de parte de estos desencantados es, sin atisbo de duda, digna de admiración.

Quizás sea la pasividad de gran parte de los zagales la que provoca esta espiral infinita. Quizás seamos nosotros, con nuestro silencio desde los sofás de nuestras casas, los que más debiéramos reaccionar. Pero el invierno se acerca, y hace demasiado frío para levantarse a las seis de la mañana para hacer cola frente a las puertas del INEM, y mucho menos para protestar hasta altas horas de la madrugada frente al Ministerio de turno.

 

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Coherencia.

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La incompetencia de los políticos españoles es bien sabida desde hace tiempo. Podría llegar a ser perdonable si nos creyéramos la escusa de la “herencia recibida” y otras justificaciones del estilo.Pero no. Ya no. Las cosas no pueden seguir así.

Vemos cómo el Gobierno sube el IVA en productos de uso general del 18% al 21%. Para los no entendidos en matemáticas, no es una subida del tres por ciento; este impuesto se verá incrementado más de un quince por ciento sobre su valor actual el próximo mes. Esto, como es evidente, perjudica solamente a las clases más bajas, a los que más ayuda necesitan.

Ya lo presagió Esperanza Aguirre hace casi dos décadas, cuando el gobierno González subió el tipo general del 12% al 15%. Se perderían miles de puestos de trabajo y la economía se resentiría a consecuencia de esta decisión. La Presidenta de la Comunidad de Madrid, de igual manera, apoyó la iniciativa promovida por el Partido Popular en contra de unas medidas similares llevadas a cabo por Rodríguez Zapatero hace dos años.

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Hoy, 11 de julio, Mariano Rajoy anunciaba lo siguiente:

 

Curiosa reacción la de los diputados españoles. Bien, la ministra italiana de empleo se echaba a llorar ayer mismo en el parlamento mientras se anunciaban medidas menos agresivas que las nuestras. Nosotros nos levantamos a aplaudir, el folclore y la coherencia son lo nuestro.

Ya lo preguntaba el humorista Dani Rovira hoy en las redes sociales. “¿Duerme usted tranquilo?”. Creo que sobra responder, teniendo en cuenta que ya le vimos celebrar los goles de la roja en el palco de Kiev, gintonic en mano, mientras Valencia quedaba reducida a cenizas.

Las voces que se apagan.

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Que la profesión del informador está de capa caída no es una novedad para prácticamente nadie. La involución en la que está sumida España se cobra víctimas de toda índole. No sólo cierran empresas de construcción, mercerías o bares. Desde hace algún tiempo la crisis está afectando especialmente al sector de la prensa y, en pocos días, se ha producido el cierre de tres periódico que, aunque por lejanía nos sean relativamente ajenos, han sido muy importantes en sus respectivas provincias.

La Voz de Jerez, junto con su homóloga gaditana, bajo el sello de Vocento, fueron las primeras en anunciar que echaban la persiana. El pasado 10 de abril fue el día elegido por los responsables del grupo para hacer público un comunicado en el que detallaban el por qué de la toma de estas decisiones. El periódico jerezano dejaba en la calle a sus trece trabajadores. Trece parados más para una ciudad que tiene que cerrar sus polideportivos y ambulatorios porque no hay dinero público para pagar las facturas de la luz. En cuanto a La Voz de Cádiz, un Expediente de Regulación de Empleo es el responsable de que otros 15 periodistas andaluces se encuentren a la espera de conocer algo sobre un futuro que pinta, cuento menos, incierto para ellos. Desde la Asociación de Prensa de Cádiz, y su hermana jerezana, han mostrado su indignación ante lo que consideran una situación injusta para dos periódicos tan consolidados en sendas ciudades.

La alarmante situación por la que pasa el sector periodístico ha vuelto a ponerse hoy de manifiesto con el cierre de La Voz de Asturias. Tras la declaración de un concurso de acreedores con el que intentaron hacer frente a la falta de recursos, protagonizada ésta por el descenso de ingresos por publicidad, uno de los referentes de la prensa asturiana se ve obligado a parar sus rotativas. Otros 38 comunicadores se han despedido esta mañana de sus grabadoras, cuadernos, bolígrafos y ordenadores.

Esta es tan sólo una pequeña muestra de las voces que se apagan. Todo lo que queda por delante es desolación e incertidumbre, o al menos así lo auguran los expertos. Sólo queda esperar que las generaciones venideras de periodistas sean valientes y griten por aquellos que tuvieron que callar, fuera por el motivo que fuera.

Pre-parados y nimileuristas.

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Hace ya varios años que una joven que consideraba su sueldo “precario” y “casi un insulto” acuñó el término mileurista. Por desgracia, y con el paso de los años, ese sueldo se ha convertido en una quimera prácticamente inalcanzable para muchos y un auténtico lujo para otros tantos. Las falsas expectativas, la mala evolución de la economía y, sobre todo, la crisis, se llevan la palma si de buscar a culpables se tratara. Pero yo no estoy tan segura.

Se veía venir. Y es que el terminar una carrera universitaria es hoy en día más un fastidio que una alegría. Las falsas expectativas que teníamos al comenzar nuestros estudios se han convertido en una absoluta utopía, prácticamente inalcanzable y que es, casi, un peso muerto. Miles de jóvenes españoles se ven obligados a abandonar una patria insulsa en busca de un salario digno y un puesto de trabajo que, en la medida de lo posible, se ajuste a los estudios cursados. Todo por no sentir que los últimos cinco años de nuestra vida se están yendo por el mismísimo váter.

Una fuga de cerebros masiva. No es necesario ser Doctor en  Física Cuántica en Alemania para poder comer y para poder pagar la hipoteca. Basta con ser disciplinados y tener inquietudes. La oferta es amplia y variada. Se puede elegir desde abandonar España por un tiempo indeterminado o aceptar con todas sus consecuencias una reforma laboral que nos ha dejado, como poco, temblando.

San Valentín y otras pasteladas.

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Llevo todo el día viendo ramos de rosas, cajas de bombones, peluches pastelones que abrazan corazones pomposos y cientos, miles de parejas en cada rincón de lo que llaman “la capital del mundo” demostrándole al resto de ciudadanos  lo mucho que se aman y adoran. Los comercios no dejan de lado la oportunidad de hacer caja y llenan sus escaparates de variada temática en oferta rojiza para ayudarnos a hacer recordar a nuestra media naranja que, en el día en que Cupido hace estragos, no nos olvidamos de ellos.

Todos los días se hicieron para amar. No es necesario marcar una fecha en el calendario para demostrar lo que sentimos por los que están a nuestro alrededor. Y sí, no sólo amamos a nuestra pareja. También sentimos amor, y del bueno, por nuestros abuelos, padres, hermanos, amigos y amigas.

Da igual si eres mujer, hombre, anciano, joven, perro o gato. Da igual si hoy no sientes nada por el odio al consumismo y si crees que estos días se inventaron para fundir tarjetas de crédito. Pero preocúpate si mañana no recuerdas a nadie y suspiras, porque amar es enamorarse de alguien, sea quien sea, todos los días de nuestra vida.

Mi sitio en el mundo.

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Todo, absolutamente todo el mundo tiene su lugar en el mundo. Yo encontré el mio hace tiempo, aunque no me diera cuenta hasta hace unos meses.

Mi sitio en el mundo es un escalón. Es el único lugar sobre la faz de la tierra en el que me veo desde fuera, como una mísera hormiga ante tanta grandeza.

Mi sitio en el mundo está en la ciudad de la luz. En la ciudad del amor. En el país de la gastronomía y del acento raro, pero meloso. Allí siempre hay gente, y está rodeado de césped verde, corto, en el que se sientan otros tantos miles de personas a diario, sin excepción, para contemplar la grandeza de un gigante bajo sus pies y sus miradas.

Mi sitio en el mundo hace sentirse aislado a cualquiera a pesar de encontrarse entre decenas de iguales. Invita a beber café, y a quedarse allí durante horas pensando en nada que no sea más importante que el más absoluto de los vacíos. Te hace sentir el más profundo de los abrazos a pesar de que lleves horas sin cruzar una palabra con nadie.

No veo el día de volver. No hay momento malo para estar sobre su ladera, de espaldas a la gran Dama Blanca.

 

El puente de las decisiones.

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La última decisión importante que tomé en mi vida fue hace cuatro años. Decantarse por una carrera, un grado superior o quién sabe qué no resulta tan sencillo como parece. Sin mucho pensar y con toneladas de vocación a mis espaldas sentencié sin titubeos y con firmeza que yo quería ser periodista.

Ahora, mucho tiempo después y con algo más de cabeza, me pregunto si me habré equivocado en algunas de esas determinaciones. Quizás no eligiera el futuro adecuado, quién sabe. O puede que haya hecho el negocio del siglo. Pero la única certeza que tengo ahora mismo es que, en junio, engrosaré esas ya de por si hartas listas del INEM que traen de cabeza a políticos y economías familiares a lo largo y ancho de este vetusto país de peineta y aceituna.

En fin, supongo que da igual lo que haga el próximo año. Da igual si pago 10.000 euros por un Master en el que puede que me digan cosas que ya se. Da igual si me compro un billete de avión con destino a cualquier parte en el que den oportunidades a extranjeros europeos. Da igual que ocupe una baja por maternidad en cualquier redacción durante 35 horas a la semana por una cuarta parte de su jornal. El caso es que el tiempo se agota, y que la cuenta atrás para decidir sobre el futuro inmediato está llegando a su fin.